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Vinos de Monastrell. Al fin sola y sin complejos

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Atrás quedan las voces discordantes, en el profundo saco del olvido, aquellos vinos pastosos, planos, oxidados y alcohólicos: los desprecios a los que ha sido sometida la Monastrell son sólo remotos recuerdos. Hoy, para los que hemos seguido muy atentos el progresivo ascenso de sus vinos, las joyas que ahora nos brindan sus valedores nos parecen la cosa más natural. A los aficionados o profesionales que pocas veces habían disfrutado de sus virtudes quizás les produzca asombro su expresión frutal o la suave complejidad que se desarrolla en el paladar. Y en esta especie de cuento de hadas en el que la protagonista era castigada por la cruel e injusta madrastra de aquellas elaboraciones interesadas o mal enfocadas, sus virtudes vueltas defectos o sus bondades incomprendidas son sólo la parte mala. El final feliz de la historia convierte a la Monastrell en la Cenicienta rescatada. Los poderes de la Monastrell La Monastrell es la tercera variedad tinta más plantada de España, tras la Tempranillo y la Garnacha. Ocupa una extensión aproximada de cincuenta mil hectáreas que se concentran sobre todo en la franja del Mediterráneo. Es un vidueño muy extendido en nuestra viticultura. Tanto, que está autorizado en denominaciones de origen tan dispares como Alicante, Almansa, Binissalem-Mallorca, Bullas, Calatayud, Cariñena, Catalunya, Costers del Segre, Jumilla, Montsant, Plá i Llevant, Penedès, Ribera de Guadiana, Valencia, Yecla... y hasta en la elaboración del cava es necesaria su presencia. Aunque su origen es incierto (probablemente proceda de la costa mediterránea peninsular), su cultivo se exiende sobre toda España, si bien se encuentra diseminada por todo el mundo. En Bandol, en la Provenza francesa, donde es conocida como Mourvèdre, es la variedad principal. En Australia hay unas mil hectáreas, otras tantas en California -donde se llama Mataró-, algo menos en Argentina, en Chile, en Sudáfrica, en Chipre o en Italia, donde toma el nombre de Rossola Nera. En el campo es una superviviente, sobre todo en época de grandes dificultades. En terrenos muy áridos, donde otras cepas sufren considerablemente, la Monastrell resiste estoicamente la sequía y aguanta hasta el infinito la excesiva insolación. Como de la familia Hay grandes productos con el sello inconfundible de la variedad. Vinos elaborados por enólogos y viticultores que consideran a la Monastrell parte de su familia y que saben cómo extraer todas sus secretos. El jumillano Miguel Gil ha sabido mostrar a un público como el anglosajón, tan alejado de estos vinos, la sutileza y la elegancia de sus tintos El Nido y Juan Gil. José María Vicente, de Casa Castillo, mantiene una notable regularidad en su Pie Franco, salido de una preciosa parcela en la que cada invierno las cepas dadas de baja se hacen más visibles, desgraciada paradoja. De Bodegas Bleda, el Divas siempre da la cara. Delicioso, fresco y con mucho peso de fruta. El Campo Arriba, de la preciosa comarca de Yecla, se mantiene como un valioso reducto de la Monastrell de calidad. La bodega de Ramón Castaño sabe recoger ese tesoro y reproducirlo en varios vinos, de los que quizás el más representativo sea su Hécula. Años ha tardado Pepe Mendoza en elaborar su Monastrell, prefería trabajar con uvas de otros lares antes de enfrentarse a tan arriesgada variedad. Según sus propias palabras, ha esperado “tanto tiempo porque buscaba una viña a la medida de lo que debe ser una Monastrell de libro”. Ese libro se llama Estrecho, y a fe que se explica bien, pues el vino es sorprendente, con aromas muy poco habituales y mucho nervio en el paladar. Bullas ha sido la última Denominación de Origen murciana en llegar, pero su Monastrell lleva siglos obsequiando a los paisanos con sus aromas y su suave paladar. Ahora, en uno de los paisajes más sugerentes, a casi mil metros de altitud, nos llega un vino que rompe con las reglas por su fuerza y personalidad. Se llama Lavia y es de Bodegas y Lagares de Bullas. Y no, no me había olvidado de los dulces. Porque representan una gran opción a los restantes elaborados, blancos y tintos. En este capítulo, los fondillones alicantinos sorprenden, tanto los clásicos, como Salvador Poveda, como los modernos de Felipe Gutiérrez de la Vega. Sin olvidarnos de los que hace unos años se pusieron de moda por su originalidad. El Olivares de Paco Selva, el Silvano García, el Castaño... Dulces o secos, son vinos que llevan en sus entrañas el sabor, la esencia y la expresividad del Mare Nostrum.

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